El aislamiento social y la soledad no deseada han sido situaciones tradicionalmente asociadas a las personas de edad avanzada. Sin embargo, las personas jóvenes se sitúan también entre los grupos de edad que más padecen estas situaciones. No ha sido hasta la reciente pandemia de covid-19 cuando, por razones obvias, el problema del aislamiento social juvenil se ha convertido en una preocupación social y ha trascendido a la esfera pública. En realidad, el fenómeno era ya preocupante antes de la pandemia y por supuesto tampoco ha desaparecido con ella.
La evolución de las sociedades occidentales en las últimas décadas ha estado muy marcada por la individualización de las relaciones y el debilitamiento de los vínculos comunitarios. La digitalización de la sociedad, así como ciertas actividades que dejan de desarrollarse en espacios públicos y de libre acceso (por ejemplo, el ocio), ha propiciado una privatización y mercantilización de numerosas esferas de la vida social, lo cual ha llevado a profundos cambios en la sociabilidad de las personas jóvenes. En este contexto, entendemos por sociabilidad la capacidad y posibilidad que tienen las personas de relacionarse entre sí. Viene marcada por características individuales de carácter socioeconómico y sociodemográfico, pero también por el entorno que rodea a las personas.
La sociabilidad es clave en el desarrollo de la trayectoria vital de las personas jóvenes, tanto por las relaciones con amistades, como por el apoyo material y emocional que reciben de su red de relaciones. Esta red de relaciones personales puede definirse como capital social y está constituida tanto por aquellas afectivamente próximas (familia y amistades) como por otras afectivamente más alejadas (compañeros de trabajo o de estudios). Existe todo un conjunto de características sociales y factores estructurales que reducen la posibilidad de tener un capital social variado y extenso entre la población joven. En primer lugar, un origen social de clase obrera o un origen inmigrante producen redes más reducidas y homogéneas en las personas jóvenes. De la misma manera, la inestabilidad laboral y las situaciones recurrentes de desempleo provocan una pérdida importante de contactos.
En relación con el género, el capital social de las personas jóvenes también reproduce las pautas que se observan para el conjunto de la población: las mujeres tienen una red menos extensa, con menos diversidad social pero con lazos más fuertes, lo que se traduce en mayores niveles de intimidad y apoyo en las relaciones.
Los países del sur de Europa, como España y Portugal, han sido calificados a menudo como familistas, en el sentido de que la red familiar constituye una fuente de recursos más importante que en otros países occidentales. En estos países, la red familiar compensaría la débil provisión estatal de bienestar y proporcionaría los recursos que no se ofrecen de forma institucionalizada por parte del Estado. Asimismo, las relaciones entre las personas jóvenes y sus progenitores suelen ser más intensas y frecuentes, a menudo porque la convivencia en el hogar familiar se alarga mucho más que en otros países ante la falta de alternativas económicamente asequibles que posibiliten la emancipación. La población juvenil se refugia en la familia y los contactos personales como fuentes de apoyo ante la inexistencia de fuentes formales e institucionalizadas de provisión de recursos. En estos países, una mala relación personal con los progenitores o un origen social familiar desfavorecido (en que la familia es incapaz de proveer los recursos que el Estado no proporciona) puede ahondar las desigualdades sociales de partida. De este modo, estas circunstancias desfavorables pueden profundizar las situaciones de aislamiento social, que a su vez influye negativamente en el bienestar material y emocional de las personas jóvenes.
El objetivo de este artículo es, en primer lugar, analizar de forma comparativa las pautas de sociabilidad en general y a nivel familiar para situar la realidad de España y Portugal en el contexto europeo. En segundo lugar, se exploran las desigualdades existentes en las pautas de sociabilidad dentro de la población joven española y portuguesa, según perfil social y situación económica y laboral. Para ello se analizan datos sobre frecuencia de la interacción, tamaño de las redes y fortaleza del vínculo con los progenitores de los jóvenes europeos de 18 a 34 años (medida por la frecuencia de interacción y la proximidad afectiva). Los datos provienen de la Encuesta Social Europea en su décima oleada, y fueron obtenidos entre septiembre de 2020 y mayo de 2022 según el país –concretamente, entre enero y mayo de 2022 en España (n=486) y entre agosto de 2021 y marzo de 2022 en Portugal (n=297). Los datos referentes al conjunto de la UE (n=10036) incluyen todos los países de la UE-27 excepto Dinamarca, Luxemburgo, Malta y Rumanía.