Una parte cada vez mayor de la población está expuesta al cambio climático, o bien de forma directa, a través de eventos climáticos, o bien de forma indirecta, como sujetos que reciben información sobre este fenómeno a través de los medios de comunicación. Estudios recientes han detectado un aumento en el número de personas preocupadas por cómo esta amenaza afectará al planeta y a sus vidas. Sobre la base del modelo transaccional del estrés, desarrollado por los psicólogos Lazarus y Folkman (1987), se pone de manifiesto que, ante la amenaza del cambio climático, las personas utilizan diferentes estrategias para afrontar el estrés (en este caso, causado por dicho fenómeno). Entre las estrategias se incluyen evitar, minimizar, intentar cambiar o bien aceptar la situación estresante. Entender y estudiar estas estrategias es importante, ya que el bienestar de las personas depende de ellas. En el caso del cambio climático, se ha comprobado que la preocupación puede motivar a las personas a buscar soluciones de forma proactiva. Sin embargo, existen otros casos en los que la preocupación es muy elevada, hasta el punto de que interfiere en las acciones diarias de las personas: una condición patológica llamada ansiedad climática. Uno de los factores que contribuye a una gestión constructiva de la preocupación para que esta no se convierta en ansiedad es la esperanza. En una situación de estrés, la esperanza surge cuando la persona percibe que existe una solución al problema y que esta es alcanzable. La preocupación y la esperanza son el resultado de la evaluación individual de la situación de estrés y, por lo tanto, están influidas por factores tanto internos (por ejemplo, la personalidad y los valores propios) como externos (entre otros, la cultura).
No obstante, la preocupación y la esperanza también están determinadas por los conocimientos que son necesarios para evaluar el riesgo que supone la amenaza, en este caso, el cambio climático. Por esta razón, se ha analizado cómo el conocimiento se articula con la preocupación y la esperanza en la población española. Para ello, se han comparado dos grupos de edad. Por un lado, el conformado por personas de entre 16 y 25 años, que representan a los jóvenes y adultos emergentes. Se trata de una etapa en la que se forman y consolidan la identidad y los roles sociales, y que está marcada por muchas incertidumbres. Debido a estas características, es una población especialmente vulnerable. Por otro lado, se encuestó a la población adulta, caracterizada por tener una identidad ya consolidada y mayor estabilidad, que abarca a personas de entre 26 y 40 años. El objetivo principal era averiguar cómo afronta la población española el reto del cambio climático y tratar de responder a una serie de cuestiones: ¿se utilizan estrategias proactivas a través de la acción climática? ¿Influye el conocimiento sobre el cambio climático en estas estrategias? ¿Es la respuesta de los jóvenes diferente debido a la presión que pueden sentir como generación futura y responsable de afrontar el reto de construir un mundo más sostenible?