Emociones y estereotipos: ¿cómo vemos a las personas con discapacidad intelectual?
Eva Sotomayor, Universidad de Jaén
Proyecto seleccionado en la convocatoria Conecta 2021
La inclusión de las personas con discapacidad intelectual (DI) sigue siendo una asignatura pendiente en nuestro país. En 2022, la tasa de empleo de este colectivo fue del 23,8%, muy por debajo del 51,1% del conjunto de la población y, además, con una diferencia salarial del 17,8%. Estas desigualdades también se aprecian en las personas con discapacidad intelectual límite (DIL), quienes, con el apoyo adecuado, podrían llevar una vida autónoma satisfactoria. Este estudio tiene por objeto conocer hasta qué punto la falta de inclusión existente podría obedecer a actitudes estigmatizantes en la sociedad. Para ello, se realizó una encuesta a 1.618 individuos sobre las emociones, estereotipos y prejuicios en torno a las personas con DIL. Los resultados obtenidos revelan una sociedad que muestra actitudes integradoras, pero también matices discriminatorios que podrían suponer un freno a la inclusión plena de este colectivo.
Puntos clave
1
Con respecto a las emociones, el 96% de los encuestados manifiestan que las personas con DIL les infunden respeto; el 89%, compasión; el 69%, gratitud; el 39%, rabia; el 30%, miedo, y el 12%, asco.
2
El 62% consideran que las personas con DIL pueden llevar una vida autónoma, y el 53%, que son conscientes de la realidad que las rodea. El 75% aceptarían tener un amigo con DIL, pero solo el 57% convivirían con él.
3
Tener a conocidos o allegados con DI influye en la intensidad de las emociones sentidas hacia las personas con DIL.
4
Las mujeres suelen sentir más compasión y respeto por las personas con DIL que los hombres, pero también más miedo y asco. Los hombres, en cambio, suelen sentir más gratitud y rabia.
5
Con los años, aumenta la probabilidad de sentir respeto y gratitud hacia las personas con DIL. Las personas de mediana edad sienten más miedo que las de más de 55 años. Los jóvenes tienden a sentir más compasión, pero también más asco.
6
Un nivel educativo elevado aumenta la probabilidad de sentir compasión y disminuye la de sentir rabia, miedo y asco, pero también gratitud y respeto.
Según Goffman (1963:3), el estigma es un «atributo que desprestigia profundamente». La psicología social lo define como un conjunto de aspectos cognitivos, emocionales y conductuales que refuerzan estereotipos y prejuicios, provocando que las personas tengan actitudes negativas hacia un subgrupo de individuos diferentes. El estigma sustenta la discriminación contra dicho grupo (Sheehan y Corrigan, 2020).
En el caso de las personas con discapacidad intelectual límite, varios estudios concluyen que los estereotipos hacia este colectivo refuerzan la creencia de que son personas dependientes, incapaces, excesivamente afectivas, impulsivas e ineptas (Wilson y Scior, 2015), (National Disability Authority, 2017). Ello se traduce en discriminación y actitudes de rechazo o sobreprotección, con la consiguiente limitación de oportunidades laborales y educativas (Zamorano et al., 2024); (Varughese et al., 2011), (Werner y Scior, 2022). Pese a sus limitaciones, si estas personas reciben el apoyo social adecuado, pueden trabajar, realizar actividades de ocio, viajar, tener una pareja y, en definitiva, disfrutar de una vida equiparable a la del resto de la población.
Con objeto de conocer el grado de estigmatización que las personas con DIL sufren en España, este estudio analiza las emociones y estereotipos hacia este colectivo a partir de la encuesta EMODI, en la que participaron 1.618 personas y es representativa de la población española.
1. ¿Qué emociones nos despiertan las personas con discapacidad intelectual límite (DIL)?
Tal y como señala Martha Nussbaum (2019) basándose en los postulados de Aristóteles, no existen emociones intrínsecamente buenas o malas, sino que, todas ellas, en su diversidad, nos ayudan a vivir y a transmitir nuestras necesidades. Con todo, mientras que algunas actúan como cemento social y favorecen un vínculo emocional, otras pueden generar distanciamiento y fragmentación. En el primer grupo se sitúan el respeto, la compasión y la gratitud; es decir, emociones que tejen lazos de solidaridad y comunidad. El segundo abarca la rabia, el miedo y el asco, que, en lugar de unir, tienden a construir muros y generar desconfianza entre las personas.
Según los resultados del estudio, la mayoría de las emociones —respeto, compasión y gratitud— que infunden las personas con discapacidad intelectual límite (DIL) promueven la integración. Sin embargo, entre los encuestados también se aprecian emociones negativas: el 31,3% declaran que les provocan rabia moderada y el 7,5%, rabia extrema; el 26% manifiestan miedo moderado y el 4% miedo extremo, y el 10,8% sienten asco moderado.
La coexistencia de sentimientos de inclusión y de rechazo refleja una sociedad en tensión, en la que el camino hacia la integración topa con antiguos prejuicios y miedos irracionales, como la rabia, el miedo y el asco, que deshumanizan a quienes parecen «diferentes» y erosionan los cimientos de una convivencia enriquecedora e inclusiva. La construcción de una sociedad más igualitaria y compasiva, en la que las personas con distintas capacidades disfruten de las mismas oportunidades de prosperar en la vida, avanza con lentitud a causa del estigma, según apuntan tímidamente los resultados de la encuesta EMODI y corroboran los datos de empleo, educación y economía.
2. ¿Cómo percibimos a las personas con DIL?
En la encuesta, además de preguntas sobre emociones, los participantes en el estudio también debían responder acerca de sus creencias sobre las personas con DIL. En general, se obtuvieron percepciones positivas. La mayoría de los encuestados piensan que estas personas tienen autonomía (7,2 sobre 10) y que son conscientes de lo que las rodea (6,7 sobre 10); es decir, son capaces de realizar tareas cotidianas, como cocinar o usar el transporte público, y pueden llevar una vida independiente.
Sin embargo, persisten algunos estigmas que podrían acentuar la marginación y exclusión social de este colectivo (Falk, 2001; Scior y Werner, 2016). Así, el 14,6% de los participantes consideran que las personas con DIL se comportan de un modo infantil en sus relaciones personales, la sexualidad, el trabajo, etc. También creen que sus familiares tienden a ocultar la discapacidad que padecen, lo que refleja un reconocimiento de su exclusión en la sociedad. Asimismo, perciben diferencias en la interacción social con ellas, como comportamientos inusuales durante una conversación (5,5 sobre 10).
Con respecto a las relaciones sociales que los encuestados estarían dispuestos a mantener con personas con DIL, establecer una amistad con ellas obtiene una valoración media de 8 sobre 10, pero la de una relación más estrecha, como compartir piso, se sitúa en 7 sobre 10. Ello indica que las personas con DIL son más aceptadas en el espacio social que en el personal. También se observa, con un valor de casi 5 sobre 10, que los encuestados se sienten inseguros a la hora de actuar con personas con DIL, lo que propicia el distanciamiento social y su exclusión.
Por otro lado, el estudio también analiza la relación entre las emociones y las características sociodemográficas. Así, con respecto a la compasión —una de las emociones que más favorece la cohesión social—, los resultados indican que las mujeres suelen sentir más compasión hacia las personas con DIL que los hombres. La edad también desempeña un papel crucial: los jóvenes de entre 18 y 24 años tienen una mayor predisposición a la compasión, mientras que las personas del grupo de 55 a 64 años tienden a manifestarla con menor frecuencia. En cuanto a la educación, las personas sin estudios o con estudios primarios suelen mostrar menos compasión que aquellas con una educación universitaria.
Estos datos permiten extraer tres conclusiones. En primer lugar, que las mujeres, que tradicionalmente han ejercido un papel protagonista en el cuidado de la salud y bienestar de la familia, siguen mostrando una actitud más proclive a la compasión y, por consiguiente, a la inclusión de las personas con DIL. En segundo lugar, los datos obtenidos de los jóvenes contrastan con la imagen que la sociedad suele tener de ellos: más desvinculados de los problemas sociales y menos empáticos. Finalmente, la educación y la cultura propician que las sociedades sean más integradoras, en consonancia con el intelectualismo ético socrático, que sostiene que el conocimiento y la formación contribuyen a evitar comportamientos que impiden el buen desarrollo de los valores sociales, como la solidaridad, la empatía o la justicia.
Finalmente, los encuestados debían especificar si contestaban a las preguntas basándose en su propia experiencia con personas con DIL o con arreglo al imaginario social; es decir, ideas socialmente preconcebidas sobre este colectivo. Aunque solo el 12,3% del total de participantes —una minoría— conocen o se relacionan de forma habitual con personas con DIL, cabe destacar algunas diferencias en las respuestas. En general, se observa que relacionarse en el día a día con personas con DIL influye en las emociones que estas despiertan. El 39% de los encuestados que no tienen a personas con DIL en su entorno habitual declaran sentir rabia hacia ellas, pero, cuando sí las tienen, el porcentaje desciende al 34%. En el caso del miedo, el porcentaje es del 30% cuando no hay personas con DIL en su entorno, y del 27% cuando sí las hay. En el resto de las emociones, tanto positivas como negativas, no se observa ninguna diferencia, o se aprecia una variación de un punto porcentual, lo que confirma que relacionarse asiduamente con personas con DIL tiene un efecto positivo.
Con respecto a las reacciones generadas, en general, relacionarse en el entorno cercano con personas con DIL favorece estrechar lazos y la inclusión social, así como un reconocimiento de su autonomía y capacidades. Así, mientras que el 61% de los encuestados sin personas con DIL en su entorno opinan que las personas con DIL pueden valerse por sí mismas, dicho porcentaje se eleva al 65% cuando en su entorno sí hay personas con DIL. De un modo similar, el 74% de los encuestados sin personas con DIL en su entorno tendrían un amigo con DIL y el 57% conviviría con una persona con DIL, mientras que, cuando en su entorno hay personas con DIL, estos porcentajes aumentan al 80% y 61%, respectivamente. Sin embargo, el hecho de relacionarse con personas con DIL también lleva a considerar que estas tienen un entorno social excluyente y estigmatizante: mientras que el 19% los encuestados sin personas con DIL en su entorno habitual opinan que las familias ocultan el hecho de tener familiares con DIL, el porcentaje se eleva al 23% cuando en su entorno habitual hay personas con DIL.
Estos datos revelan hasta qué punto el contacto con personas con DIL fomenta la cercanía con ellas, pero también permiten percibir en mayor medida la exclusión y su rechazo por parte de la sociedad, así como ciertos comportamientos estigmatizantes.
3. Conclusiones
Si bien las emociones inclusivas hacia las personas con DIL superan a las excluyentes, hay una presencia considerable de estas últimas, con el consiguiente riesgo de que propicien su aislamiento social y les impidan llevar una vida plena.
Los resultados obtenidos al indagar en las creencias de los encuestados hacia las personas con DIL apuntan a una aceptación generalizada de su capacidad para vivir de forma autónoma y de valerse por sí mismas. No obstante, también sugieren, aunque en menor medida, que persisten las ideas que las asocian con comportamientos infantiles y con su ocultación por parte de las familias. Existe también la percepción, aunque menos frecuente, de que estas personas pueden presentar comportamientos agresivos. Nuestra sociedad siente emociones integradoras hacia la DIL, pero en ella siguen perdurando ideas del pasado, como la infantilización y la eugenesia, que promueve la exclusión de las personas con discapacidad. Estos hallazgos subrayan la importancia de seguir impulsando una imagen justa y realista de las personas con DIL que permita erosionar los estereotipos y prejuicios que aún persisten en la sociedad española.
4. Características del estudio
La encuesta EMODI, que profundiza en las emociones, estereotipos y prejuicios de la sociedad española hacia la discapacidad intelectual, fue realizada a residentes en España de 18 años o más. Se completaron un total de 1.618 encuestas utilizando una técnica de muestreo estructural por panel, con cuotas específicas de género, edad, nivel socioeconómico y comunidad autónoma. Bajo el supuesto de muestreo aleatorio simple y con un nivel de confianza del 95,5% y máxima heterogeneidad (p = 50; q = 50), el margen de error de la encuesta es de +/- 2,44%. El trabajo de campo se llevó a cabo del 30 de agosto al 4 de septiembre de 2023.
Este trabajo ha sido realizado en el marco del Proyecto Conecta: Efectos del Bienestar CC21-0144 - EFECTOS DEL TRABAJO EN EL BIENESTAR EMOCIONAL DE LAS PERSONAS CON DISCAPACIDAD INTELECTUAL Y EN LA EMPRESA realizado por la Estructura de Investigación SEC-SEJ-684 IN3 – Inclusión, Innovación e Investigación social de la Universidad de Jaén, cuyos miembros son Eva Sotomayor, Javier Cortes Moreno, Adriana Lucena y Pilar Ríos. En la realización del Proyecto también han colaborado Ana Cano Sotomayor y Mirta del Blanco.
La planificación y el diseño de este estudio y la discusión de los resultados han contado con la participación activa de las entidades miembros del proyecto: Fundación Prode (Córdoba), APROMPSI (Jaén) y AFAMP (Bailén, Jaén), todas ellas comprometidas con mejorar la calidad de vida de las personas con discapacidad intelectual y sus familias.
5. Referencias
FALK, G. (2010): Stigma: How We Treat Outsiders. Prometheus Books.
GOFFMAN, E. (1963): Stigma: Notes on the Management of Spoiled Identity. Prentice-Hall.
LINK, B. G.; J. C. PHELAN (2001): «Conceptualizing stigma», Annual Review of Sociology, 27(1), 363-385.
NATIONAL DISABILITY AUTHORITY (2017): A National Survey of Public Attitudes to Disability in Ireland.
NUSSBAUM, Martha C. (2019): Paisajes del pensamiento. La inteligencia de las emociones. Barcelona: Paidós.
SCIOR, K.; S. Werner (2016): Intellectual Disability and Stigma. Basingstoke, Reino Unido: Palgrave Macmillan.
SHEEHAN, L.; CORRIGAN, P. (2020): «Stigma of Disease and Its Impact on Health», The Wiley encyclopedia of Health Psychology, 57-65.
VARUGHESE, S. J.; V. MENDES; J. LUTY (2011): «Impact of positive images of a person with intellectual disability on attitudes: Randomised controlled trial», The Psychiatrist, 35(11), 404-408.
WILSON, M. C.; K. SCIOR (2015): «Implicit Attitudes Towards People with Intellectual Disabilities: Their Relationship with Explicit Attitudes, Social Distance, Emotions and Contact», PLOS ONE 10.
ZAMORANO, S.; A. B. SANTOS‐OLMO; I. SÁNCHEZ‐IGLESIAS; I. MUÑOZ‐LARA; M. MUÑOZ (2024): «The stigma of intellectual disability in Spain: a nationally representative survey», Journal of Intellectual Disability Research, 68, 5, 477-490.
Este estudio aporta datos empíricos sobre políticas de inclusión social en
España que muestran impactos significativos en empleo, apoyo social,
educación, competencias digitales y vivienda. Los resultados refuerzan la
importancia de diseñar políticas públicas basadas en la evidencia.
¿Qué porcentaje del gasto público se destina a las personas mayores? La
tendencia en los países europeos ha sido aumentar el peso de los recursos
destinados a este colectivo.
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El «cheque bebé» buscaba incentivar la natalidad, pero su efecto fue
limitado. Aunque ayudó a algunas familias a decidirse, la dificultad para
conciliar trabajo y maternidad sigue siendo el principal obstáculo para
tener más hijos.
Las políticas de conciliación que refuerzan la estabilidad en el empleo
pueden contribuir a aumentar la fecundidad al mejorar la compatibilidad
entre trabajo y maternidad, aunque también plantean retos para la
contratación femenina.